4.-Gabriel GARCIA MARQUEZ -> La soledad de AMERICA Latina


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¿Quiénes somos? || Visita nuestro blog || Visita nuestra Web || 12 octubre 2008

La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]
Gabriel García Márquez

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región,
sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretació n de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

FIN

manoLA OBRA de hoymano

El umbral, Manuel Alvarez Bravo, Galeria Juan Martin

ARTISTA MANO Manuel Alvarez Bravo

TITULO MANO Frida sentada frente a la exposición de Picasso

TECNICA MANOPlata / gelatina
MEDIDAS MANO 8 x 10 pulgadas
AÑO MANO 1931
¿Podrán detener el tiempo de la historia?

José Revueltas

La siguiente es una versión resumida de la transcripción literal, hecha por el
propio autor, de los apuntes que le sirvieron para pronunciar un discurso en la
audiencia celebrada en la cárcel preventiva de la Ciudad de Méxco, entre el 17
y el 18 de septiembre de 1970, previa a la sentencia dictada contra los
dirigentes del movimientoestudiantil de 1968.

Han de excusarme porque me dirija a ustedes sin darles el trato que corresponda
a su investidura. Por más esfuerzos que he hecho para encontrar la definición,
no he podido dar con ella racionalmente, ni me puedo explicar nada de
cuanto sucede, qué es y a qué obedece.

Creo que el derecho a la duda lo he conquistado en el lapso de casi dos años
que llevo preso y en que, después del acto de formal prisión, no se me ha
llamado a ninguna audiencia, a ninguna diligencia y hasta ahora he tenido el
honor de conocer en persona al licenciado Ferrer MacGregor, nuestro juez o
que aparece como juez de algo o de alguien.

Estamos ante una ficción incomprensible, que no se puede calificar con
exactitud. El Código Penal, el Código de Procedimientos, los conceptos del
Derecho, su filosofía, nada de todo esto nos proporciona la respuesta que
intentamos obtener acerca de lo que significa, lo que contiene y la razón en
que se funda el acto, a todas luces, extraordinario, que aquí nos reúne.

¡Vaya! Ni la imaginación ni la fantasía del Ministerio Público podrían sernos
útiles, pese a que nos ha demostrado que las posee en alto grado, durante
su intervención en esta Audiencia. Y aun su lógica, que corre
pareja con aquéllas.

Es una
lógica basada en un sistema de extrapolaciones de las cuales deriva,
entonces, un encadenamiento causal que le resulta así muy fácil. Nos acusa,
en el capítulo del delito de “daño en propiedad ajena”, de todos los
perjuicios y destrozos ocasionados por las demostraciones callejeras.

“Ver para creer” eran las palabras con las que designaba a este método uno
de los testigos de la Pasión, Santo Tomás, a quien se le conoce como
El Tonto, para distinguirlo de Tomás de Aquino, el teólogo, que
no tenía nada de tonto.

Estamos aquí, en este lugar al que se nos ha traído, para asistir a una extraña
función, cuyos fines verdaderos es precisamente lo que tratamos de poner
al descubierto. Como vemos, el método de Santo Tomás el Tonto,
nos conduce a bien poca cosa.

Sin embargo, no ha de ser tan malo, por cuanto que es el método que
aplicó el Ministerio Público para hacernos llegar hasta aquí… en este acto,
reunión, concurso, entrega de premios o lo que sea -pues puede serlo
todo, hasta campeonato de insomnio, en que, a fuerza de ser justos, el
señor juez se llevaría el primer premio, ya que es el único a quien la ley
obliga a no dormirse-, campeonato o concurso al que nos hemos visto en
la necesidad de asistir al margen de nuestra voluntad.

El Ministerio Público está obligado a creer en lo que dice. La ley exige que
sus acusaciones se funden en pruebas, puesto que nadie puede creer en
nada si no se le ofrecen las pruebas de aquello que se le dice, o si las pruebas
salen de la nada. De otro modo el Ministerio Público no sabría ni conocería
las causas por las que cree que nosotros somos esos mismos delincuentes
comunes sobre quienes pide que recaigan determinadas sentencias.

El Ministerio Público… para obtener las pruebas que necesita, debe
entonces ver, oler, gustar, oír y tocar los hechos. Ahora bien, como una
sola persona no puede hacer todo esto respecto a todos los hechos, y
ni siquiera por lo que respecta a un solo hecho aislado, el Ministerio Público
dispone de un órgano de los sentidos con el cual olfatea, acecha, vigila,
espía, escucha, y establece los hechos (esto por cuanto hace a los sentidos de
la vista y el oído); y toca, palpa, estruja, hiere, tuerce, lastima a las personas
(esto por lo que se refiere al sentido del tacto), para finalmente, saborearlo
todo (esto por lo que se refiere al sentido del gusto). Dicho órgano de los
sentidos tiene su nombre: Dirección General de Averiguaciones Previas.

Pero aquí parecería que omitimos un sentido: el del gusto. En efecto,
porque tal órgano de los sentidos no tiene gusto propio. La Dirección
de Averiguaciones Previas no huele, no oye, no ve, no hace nada que
no sea de acuerdo con el gusto del Procurador. Y de éste ya se sabe a
qué gusto obedece.

El Ministerio Público cree, desde el principio, en la culpabilidad que
se desprende de las pruebas, con la creencia inmediata de Santo
Tomás el Tonto. El juez se tarda un poco más en creer, con la cautela
reflexiva y más conservadora de Santo Tomás el teólogo. Pero el agnosticismo
teológico del juez resulta de muy corta duración. No dura sino el
plazo de las 72 horas en que debe dictar el auto de formal prisión.

El juez cree en el delito del acusado como una presunción, como
una probabilidad. En cambio el Ministerio Público cree
en el delito como una certeza.

En el caso nuestro, no obstante, se produce un fenómeno curioso
enormemente revelador. La diferencia entre presunción y certeza
se disuelve, desaparece, y unifica los dos conceptos de las diferentes
atribuciones del juez y del Ministerio Público en una sola e
indivisible relación conceptual: la evidencia, para ellos, de
que no somos procesados políticos, sino delincuentes comunes.

¿Qué significa esto? Significa precisamente que la distinción que obra a favor
de los presos comunes al considerarlos presuntos responsables de la comisión
de un delito, en nuestro caso es nula, no obra, no existe y nos condena
de antemano, puesto que ya se nos considera autores de robos,
depredaciones y homicidios, desde que el juez dictó la formal prisión, y
no se trata sino de establecer el grado en que cometimos dichos delitos, por
lo que el juez ya tiene listas las sentencias.

¿Cómo calificar esta actitud, ya no de este señor juez y los representantes
del Ministerio Público, aquí presentes, sino del Poder Judicial
que la tolera y la aprueba sin que a sus integrantes se les caiga la cara de vergüenza?

La unilateralidad, la parcialidad, el carácter dogmático, excluyente,
autoritario e impositivo del concepto con que se nos impide el acceso a
la definición de procesados políticos, en virtud de su propia naturaleza,
deviene, en la realidad práctica de los hechos, como parcialidad amañada, facciosa, partidista, de la conducta misma del Poder Judicial.

Por cuanto el Ministerio Público (o sea la Procuraduría de Justicia), y
el juez (o sea, la interpretación de la ley), funden sus atribuciones en una
sola y unificada actitud, quiere decir que este expediente puede funcionar,
a voluntad y de modo idéntico, en cualesquiera circunstancias y al
margen de la ley, cuando así lo requieran los intereses
políticos de la persona encargada del mando supremo de la República.

Cuantas veces se ha requerido al señor presidente de la República por
nuestra libertad, mantiene invariablemente una rígida y lacónica
respuesta: “Están en manos de sus jueces”, dice el Jefe del Poder Ejecutivo.

¿Quiere decir esto, entonces, que el ejecutivo considera jueces
a estas personas, a estos señores, ante quienes comparecemos para
que nos sentencien a seis, siete, trece, dieciocho, veinte, veinticuatro,
treinta, cuarenta y hasta cincuenta y nueve años de prisión,
como lo reclaman los representantes del Ministerio Público? ¿Penas
que exceden los años de vida que tiene la mayor parte de los jóvenes
acusados, algunos de los cuales son adolescentes que yo mismo
he visto crecer aquí, que han aumentado de estatura aquí,
durante los casi dos años de prisión que llevamos?

Estos representantes de los poderes políticos de la
nación -los del Ejecutivo y del Judicial- se asocian como personas
para desdecir de la representación que ostentan para mistificar y
falsear sus funciones; para convertir en espurios tales poderes, alterar
el sentido de la misión que tienen, conculcar la ley y subvertir,
con ello, el régimen de derecho que debiera normar la
existencia de la República. Se asocian, entonces, para delinquir:
constituyen en suma, una asociación delictuosa.

¿Pero es acaso ésta toda la realidad institucional, es decir,
anticonstitucional, que impera en el país? No, ni con mucho. No es
necesario mucho ni ir demasiado lejos para considerar, en sus términos
reales, lo que es, en México, el Poder Legislativo.

Por poco que se mire a través del prisma de los bajos intereses y las
ruines pasioncillas en que se descomponen los elementos que integran
el Poder Legislativo; por poco que se mire a través del prisma
político con el que se revelan los colores miméticos que adoptan
estos corpúsculos legislativos, en seguida aparece la banda presidencial.

Por supuesto no nos referimos a la banda simbólica con que se
significa, en el pecho de un presidente de la República, el ejercicio
del Poder Ejecutivo. No. Nos referimos a la banda de turiferarios
y maleantes políticos que aparecen a cada nuevo cambio de
representantes de ambas cámaras ya bajo un nombre u otro. Banda
que se organiza para servir los designios y mandatos de
la Presidencia de la República, cualquiera que sea el presidente en turno.

Hay que repetirlo. La no existencia de presos políticos ha terminado
por convertirse, para el régimen, en un punto neurálgico, donde hace
crisis toda la demagogia de su estructura. En México no
hay presos políticos porque le disgusta mucho al presidente que se lo
digan. ¿Le irá a disgustar del mismo modo al futuro presidente de la República?

En su
IV Informe de Gobierno, el primero de septiembre de 1968,
el presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, declaró ante la
representación nacional, solemnemente reunida para
escucharlo: “No admito que existan ‘presos políticos’; preso político
es quien está privado de su libertad exclusivamente por sus ideas
políticas, sin haber cometido delito alguno”.

¿Quién es, constitucionalmente hablando, el C. Presidente de la República
para afirmar ante el Congreso reunido en pleno, ante la Suprema Corte,
sus ministros y sus magistrados, también ahí presentes; quién es -repetimos-
el C. Presidente para decir y afirmar en forma categórica, ante los otros
dos poderes de la Unión: no admito que existan presos políticos?

No es el Poder Ejecutivo el órgano que tenga facultad alguna para
admitir o no la condición jurídica, real o supuesta, en que se encuentren
las personas que han perdido su libertad en el país. No es el presidente
de la República el que puede calificar a su antojo -o fuera de su antojo- la
naturaleza de unos delitos u otros; de ninguno, para decirlo con
toda claridad. No es el presidente de la República la persona con autoridad
alguna para decidir qué son y qué no son las ideas políticas,
ni siquiera qué son las simples ideas, políticas o no.

No hubo un solo diputado, un solo senador, un solo magistrado que
elevara su voz de protesta contra aquel delito de Estado que se
perpetraba delante de ellos, delante de sus
propias y respetabilísimas narices.

No hubo entre esa gente ningún Serapio Rendón, ningún Belisario
Domínguez, ningún Fidel Jurado. ¿Y cómo iba a haberlos?,
hace muchos, muchísimos años que el Poder Legislativo
no da hombres de esa calidad.

Esta historia real en la que se enuncia el México nuevo, se hace
visible, después de años enteros de silencio y sumisión, en las
grandes manifestaciones democráticas de la juventud del año 1968.

El reverso de esta historia, su negociación, la antihistoria de
México, se objetiva y se expresa a partir de las palabras
del presidente Díaz Ordaz, vertidas en su IV Informe de Gobierno.

De esas palabras se produjo, inmediatamente después -a los
18 días y cuando el día 13 había desfilado por las calles de la capital
una manifestación, la más ordenada, la más disciplinada, de
cuantas había habido hasta entonces, la Manifestación Silenciosa
de la Universidad entera y de todos los estudiantes de
educación superior-, la ocupación militar de la Ciudad Universitaria,
y luego, el 2 de octubre, la matanza de Tlatelolco. El presidente
anunció esto desde el primero de septiembre y advirtió claramente
que dispondría del Ejército, apoyado en el Artículo 89 de la Constitución.
Ya veremos más adelante cómo el presidente se apoyó de un modo
falso, espurio, mañoso, tramposo, en este artículo constitucional.

Del Informe Presidencial de septiembre de 1968 hasta los procesos
de 1970 contra los presos políticos, hay un lapso cargado de enormes
significaciones históricas. Es comprensible que el Ministerio Público
y el juez que habrá de sentenciarnos estén negados para
comprender estas significaciones.

Cuando menos esto expresa, sin ninguna duda, la razón que
lo mueve a inventar delincuentes comunes donde sólo existen,
real y verdaderamente, procesados políticos.

Ahora quiero decir unas cuantas palabras respecto a las acusaciones
personales que formula contra mí el Ministerio Público. No me voy
a ocupar sino de una sola de ellas. Son tan banales y tontas las
acusaciones que lanza el Ministerio Público, que resultaría
ocioso repetirlas aquí. En algunas de ellas, por ejemplo, se me acusa
de usar barba. Se dice “alguien al que llamaban maestro Revueltas, que
en la Facultad de Filosofía dio una conferencia sobre la autosugestión
(así literalmente, en lugar de autogestión) usa barbas y además
habló de un personaje legendario, el Tlacatecuhtli, al que comparó
con el presidente de la República…”. Se comprenderá que no quiera
ocuparme de estas tonterías.

Pero me interesa una de las acusaciones del Ministerio Público, no
porque no esté de acuerdo con ella, sino porque no sabe formularla.
Me acusa de ser partidario de la dictadura del proletariado. ¡Por supuesto
que soy partidario de la dictadura del proletariado! Pero no de la que inventa
el Ministerio Público y que pretende que sea aquella por la que luchamos.
Dice el Ministerio Público que intentamos cambiar la esencia de México
o de su Estado. ¿Cambiar su esencia? ¡No, señores del Ministerio
Público! ¡Encontrarla, descubrirla!

Pero no sólo por cuanto a México, sino por cuanto al mundo. Tal fue,
tal es el sentido del año de 1968. ¿Qué representa 1968 si no es la
búsqueda de esta esencia, la desmitificación de la realidad enajenada?
Lo estamos demostrando hoy, en 1970, al desmitificar este proceso,
al demostrar su irrealidad y demostrar la irrealidad histórica del régimen
que nos gobierna. 1968 es el inicio, por la juventud de México,
del proceso desenajenante que dará al país una historia real, por
primera vez. Porque no tenemos esa historia. Se ha falseado
esa historia, como historia escrita y como historia política y social.
No que el movimiento de 1968 se propusiera instaurar la dictadura
proletaria. Muy lejos de ello.

El movimiento de 1968 habla de un lenguaje proletario en virtud
de una razón histórica. Porque diez años antes había sido aplastada
la huelga ferrocarrilera, y en esta huelga, todos los sectores de la
sociedad veían la perspectiva de su propia independencia política,
aplastada a su vez por el totalitarismo del monopolio, que no
deja respirar a la nación, que la asfixia, que no la deja vivir.

En México
no es una clase determinada la que tiene el mando.
Es un “club del Poder”, por encima de la sociedad, que disgusta y
oprime a los más vastos sectores sociales, entre los que se
encuentran ante todo, la clase obrera y las clases medias.

Se trata de desmitificar al país de su raíz. Y aquí volveremos a
la naturaleza de nuestro proceso. El presidente pudo
asumir la responsabilidad de lo ocurrido en 1968, la responsabilidad
“moral, histórica, jurídica” y todo lo demás, porque ya contaba
con la complicidad previa del Congreso y del Poder Judicial desde
su IV Informe de Gobierno. El presidente se sirvió mañosa, arteramente,
tramposamente del Artículo 89, fracción VI de la Constitución, en
el cual pretendió apoyarse para llamar al Ejército y
arrojarlo contra el pueblo.

El presidente Díaz Ordaz se apoyó, pues, mentirosamente, en
este artículo de la Constitución, pues para decretar la movilización
general del Ejército, se requiere la autorización del Congreso.

Terminaré con una evocación que no puedo llamar de otro modo,
por su cursilería, que como una evocación patriótico-sentimental. La
ha suscitado en mí, la naturaleza de nuestras próximas
sentencias. Nuestra sentencia ya está decidida de antemano. No
depende de nuestros supuestos delitos. Nada tiene que ver con los principios constitucionales, con el respeto a la democracia, ni con la Ley, ni
con el Derecho. Nada tiene que ver con la realidad, aunque sus efectos
serán muy reales, en los años de cárcel que a cada uno de nosotros le
correspondan. Está decidida porque “en el cielo de nuestro destino
(político) con el dedo de Dios se escribió”.

Y todos sabemos quién es ese Dios, quién es ese Tlacatecuhtli sexenal,
que ata los vientos y desata las tempestades. Pero, ¿podrá detener
el tiempo de la historia?

mano
http://www.proceso.com.mx/impreso_articulo_libre.php?articulo=145716


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